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| Fotograma de "El nombre de la rosa" |
Monasterio de Vivarium, 10 de enero del 527 d. de C.
Me concentro en el relato. Trabajo a diario, desde que sale el sol hasta el ocaso. Cuando empieza a anochecer, mis ojos se nublan ante el resplandor de las velas porque las velas son enemigas de los libros. También intuyo el peligro de las ratas que acechan junto a los pergaminos, pero a esas las mantengo alejadas de mi preciado códice. Sé que, algún día, este libro ocupará un lugar privilegiado en alguna de las más prestigiosas bibliotecas. O quizás acabe en la faltriquera de cualquier mísero ladrón. No lo sé. Tampoco me importa ya mucho. Creo que he sido un hombre honrado, aunque la ambición cavó mi tumba.
Me había propuesto ganar el concurso anual de copistas e iluminadores que se venía celebrando a comienzo del primer mes lunar de cada año. De toda Europa acudían los mejores. Nos corroía el mismo pecado de soberbia y de autosuficiencia que acabaría con cada uno de nosotros: ni un borrón sobre la impoluta piel so pena de dejar manchado también nuestro nombre durante generaciones. Dediqué una semana entera a afilar las mejores de mis plumas. Preparé meticulosamente la tinta sepia y los pigmentos de carbón. Oré para pedir la serenidad de los santos. Pero, finalmente, mi ambición se rebeló contra mí. Solo los hombres que alguna vez han puesto precio su alma saben qué rápido crece la semilla de la ambición.
Las esperanzas de muchos desgraciados estaban puestas en mí y en mi capacidad de hacerles ganar una apuesta que cada año generaba mayor expectación entre gentes de toda ralea. Dibujé la letra capital con esmero intentando en vano relajar la tensión de mis entumecidas manos y di comienzo al relato del capítulo más crucial de mi vida. Mis dedos empezaron a temblar con la sola mención de su nombre. El sudor de mis manos me obligaba a sujetar la pluma casi con violencia. El olor penetrante de la tinta me subía a la cabeza como el peor de los vinos que sirven en las tabernas. Embriagado con el veneno de su recuerdo, comencé a narrar sin pudor obviando el contenido del códice que se me había asignado. La luz a mi espalda empezaba a difuminarse y pese al riesgo, llegué a sujetar una vela con la mano derecha mientras con la izquierda trazaba aquellas líneas demoníacas que supondrían mi condena. Pese a todo, continué escribiendo, enfebrecido por un vigor que nunca había sentido a lo largo de una vida como copista de himnos litúrgicos y hagiografias de santos.
Al terminar, firmé el códice con la confianza puesta en que todos vieran detrás de aquellas letras nada más que al copista; no en vano ningún autor soñaba aun con perdurar, con que su nombre pasara a la posteridad. Pero el mío quedó ligado para siempre a aquel manuscrito. Mi propia ambición y la denuncia de algún enemigo dieron con mis huesos en la cárcel acusado de prácticas demoníacas con aquella mujer.
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Consejería de Educación. 10 de enero de 2015
Me concentro en el documento. Trabajo a diario desde que sale el sol hasta el ocaso. Cuando empieza a anochecer, mis ojos se nublan ante el resplandor de la pantalla porque el brillo excesivo es enemigo de mi concentración. También intuyo el peligro de los virus que acechan en los ordenadores, pero a esos los mantengo alejados de mi preciado documento. Sé que, algún día, este artículo ocupará un lugar privilegiado en la historia. O quizás acabe en el disco duro de cualquier mísero ladrón. No lo sé. Tampoco me importa ya mucho. Creo que he sido un hombre honrado, aunque la ambición cavó mi tumba.
Me había propuesto ganar el concurso anual al mejor gestor que se venía celebrando a comienzo del primer trimestre de cada curso. De toda Europa se presentaban los mejores. Nos corroía el mismo pecado de soberbia y de autosuficiencia que acabaría con cada uno de nosotros: ni un borrón en nuestro expediente so pena de dejar manchado también nuestro nombre durante generaciones. Dediqué una semana entera a preparar mis mejores enlaces. Elegí meticulosamente los márgenes y el tipo de letra. Hice una sesión de relajación para lograr la serenidad de los gurús. Pero, finalmente, mi ambición se rebeló contra mí. Solo los hombres que alguna vez han puesto precio su alma saben qué rápido crece la semilla de la ambición.
Las esperanzas de muchos desgraciados estaban puestas en mí y en mi capacidad de hacerles entender una ley que llevaba meses generando expectación entre docentes de todos los centros. Marqué los estándares con esmero intentando en vano relajar la tensión de mis entumecidas manos y di comienzo al trabajo más crucial de mi vida. Mis dedos empezaron a temblar. El sudor de mis manos me obligaba a sujetar el ratón casi con violencia. El olor penetrante de la torre me subía a la cabeza como el peor de los vinos que sirven en las tabernas. Embriagado con el veneno de la ambición, comencé a cortar y pegar sin pudor reproduciendo una y otra vez el contenido del documento que se me había asignado. La luz a mi espalda empezaba a difuminarse y pese al riesgo, llegué a introducir un lápiz de memoria con todas las rúbricas en aquel puerto, lo que supondría mi condena. Pese a todo, continué escribiendo, enfebrecido por un vigor que nunca había sentido a lo largo de una vida en las aulas.
Al terminar, firmé el documento con la confianza puesta en que nadie viera detrás de aquellas letras al ejecutor de la LOMCE; no en vano ningún autor soñaba con que su nombre pasara a la posteridad unido a una ley tan polémica como esta. Pero el mío quedó ligado para siempre a aquel documento. Mi propia ambición y la denuncia de algún compañero dieron con mis huesos en la calle acusado de uno de los mayores despropósitos de nuestra historia.
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Consejería de Educación. 10 de enero de 2015
Me concentro en el documento. Trabajo a diario desde que sale el sol hasta el ocaso. Cuando empieza a anochecer, mis ojos se nublan ante el resplandor de la pantalla porque el brillo excesivo es enemigo de mi concentración. También intuyo el peligro de los virus que acechan en los ordenadores, pero a esos los mantengo alejados de mi preciado documento. Sé que, algún día, este artículo ocupará un lugar privilegiado en la historia. O quizás acabe en el disco duro de cualquier mísero ladrón. No lo sé. Tampoco me importa ya mucho. Creo que he sido un hombre honrado, aunque la ambición cavó mi tumba.
Me había propuesto ganar el concurso anual al mejor gestor que se venía celebrando a comienzo del primer trimestre de cada curso. De toda Europa se presentaban los mejores. Nos corroía el mismo pecado de soberbia y de autosuficiencia que acabaría con cada uno de nosotros: ni un borrón en nuestro expediente so pena de dejar manchado también nuestro nombre durante generaciones. Dediqué una semana entera a preparar mis mejores enlaces. Elegí meticulosamente los márgenes y el tipo de letra. Hice una sesión de relajación para lograr la serenidad de los gurús. Pero, finalmente, mi ambición se rebeló contra mí. Solo los hombres que alguna vez han puesto precio su alma saben qué rápido crece la semilla de la ambición.
Las esperanzas de muchos desgraciados estaban puestas en mí y en mi capacidad de hacerles entender una ley que llevaba meses generando expectación entre docentes de todos los centros. Marqué los estándares con esmero intentando en vano relajar la tensión de mis entumecidas manos y di comienzo al trabajo más crucial de mi vida. Mis dedos empezaron a temblar. El sudor de mis manos me obligaba a sujetar el ratón casi con violencia. El olor penetrante de la torre me subía a la cabeza como el peor de los vinos que sirven en las tabernas. Embriagado con el veneno de la ambición, comencé a cortar y pegar sin pudor reproduciendo una y otra vez el contenido del documento que se me había asignado. La luz a mi espalda empezaba a difuminarse y pese al riesgo, llegué a introducir un lápiz de memoria con todas las rúbricas en aquel puerto, lo que supondría mi condena. Pese a todo, continué escribiendo, enfebrecido por un vigor que nunca había sentido a lo largo de una vida en las aulas.
Al terminar, firmé el documento con la confianza puesta en que nadie viera detrás de aquellas letras al ejecutor de la LOMCE; no en vano ningún autor soñaba con que su nombre pasara a la posteridad unido a una ley tan polémica como esta. Pero el mío quedó ligado para siempre a aquel documento. Mi propia ambición y la denuncia de algún compañero dieron con mis huesos en la calle acusado de uno de los mayores despropósitos de nuestra historia.

Supongo como os sentiréis los docentes, como un marinero sin timonel, como un barco sin rumbo, e incluso como el capitán sin carta de navegación, frustrados, desengañados, y traicionados, que mal hace la política a todo lo que no sea de valor económico, como el arte, o el conocimiento, no es valorable el enriquecimiento del alma, ya que esto no se mide en euros, dólares, o lingotes, pero es mas que eso, es el futuro que vemos que se desmorona, sin rumbo, y ver como nuestros hijos, van a tener que reinventarse si no quieren sucumbir y perderse en el abismo.
ResponderEliminarMe encanta esa palabra: "reinventarse". Creo que vivir es eso: reinventarse continuamente. Cuando veo a mis alumnos de 1º de la ESO a los que aún no les hemos quitado las ganas de aprender, de hablar, de preguntar, de interesarse, sigo creyendo en las grandes posibilidades de la educación. Estoy disfrutando tanto con ellos que me no quiero enfrentarme a la tarea de evaluarlos, no quiero mandarles deberes tediosos, no quiero verlos llegar a 3º y ver cuánta ingenuidad, cuánta pasión han ido perdiendo en el camino. Sigo creyendo en esto, por eso sigo aquí. Me alegra sentirme ya tan recuperada. Para trabajar con adolescentes uno necesita poner en juego todo: lo que es, lo que siente, lo que piensa... con ellos no hay medias tintas. Por eso creo que es posible reinventarse: yo lo he hecho varias veces; ojalá seamos capaces de enseñarlos a ellos.
ResponderEliminarMe asombra todo eso de los estándares y sus particiones, y lo que conlleva. Y siento una curiosidad especial, porque no tengo ni idea y no me quiero alejar de lo que tanto amé...
ResponderEliminar***
Tú eres una Profe fantástica y estås llena de ideas y de fuerzas sobrenaturales.