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| De internet |
Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su mullido lecho convertido en un monstruoso humano. Estaba tumbado sobre su espalda articulada y al levantar un poco la cabeza veía un vientre liso y blancuzco con una protuberancia en el centro en forma de garbanzo más oscuro que el resto de su piel. Sus dos patas, ridículamente escasas para sostener ese cuerpo tan pesado, caían abandonadas ante su mirada estupefacta.
"¿Qué me ha ocurrido?", pensó.
No era un sueño. El agujero en el que pasaba la noche era exactamente igual al de cualquier otro insecto. Excavado en la corteza de uno de los mejores árboles, si bien algo pequeño, resultaba perfecto al estar resguardado por la humedad y no tener que preocuparse por si el alimento escaseaba. Por encima de la la grieta más alta, sobre la que se encontraba extendido un muestrario de todos los alimentos que se podían obtener en aquellas latitudes -Samsa era uno de los mejores recolectores-, estaba colgada aquella cabeza de insecto que, a modo de trofeo, coronaba con su mirada vidriosa la semioscuridad de aquella gruta.
Por no alargarnos más en el experimento, dejamos las descripciones prolijas a un lado y pasamos a detallar dónde reside la verdadera conmoción que le produce descubrirse humano.
Sintió sobre el lugar que antes ocupaba su vientre un agudo pinchazo, como si alguien más fuerte que él le clavara un aguijón. Se deslizó lentamente para apoyar su pesada cabeza sobre la parte más firme del tronco hasta que pudo ver un trozo de su cuerpo que latía de forma desacompasada. Sintió un pavor solo comparable al asco que le producía el vientre de las ranas que yacían muertas boca arriba en el borde de algunos pantanos. Una angustiosa opresión y un sabor salado le subía por el esófago hasta que de sus ojos empezó a brotar un líquido claro como el agua que empañaba su mirada y le encogía el vientre. Comenzó a emitir unos gemidos extraños que nunca había oído en la boca de ningún animal, ni siquiera en la de los elefantes que lejos de la manada llegaban hasta aquellos confines del bosque para morir. Supo entonces que aquella extraña sensación era la que los humanos experimentaban al saberse abandonados.
Así fue cómo Gregorio Samsa se despertó una mañana convertido en humano.
Por no alargarnos más en el experimento, dejamos las descripciones prolijas a un lado y pasamos a detallar dónde reside la verdadera conmoción que le produce descubrirse humano.
Sintió sobre el lugar que antes ocupaba su vientre un agudo pinchazo, como si alguien más fuerte que él le clavara un aguijón. Se deslizó lentamente para apoyar su pesada cabeza sobre la parte más firme del tronco hasta que pudo ver un trozo de su cuerpo que latía de forma desacompasada. Sintió un pavor solo comparable al asco que le producía el vientre de las ranas que yacían muertas boca arriba en el borde de algunos pantanos. Una angustiosa opresión y un sabor salado le subía por el esófago hasta que de sus ojos empezó a brotar un líquido claro como el agua que empañaba su mirada y le encogía el vientre. Comenzó a emitir unos gemidos extraños que nunca había oído en la boca de ningún animal, ni siquiera en la de los elefantes que lejos de la manada llegaban hasta aquellos confines del bosque para morir. Supo entonces que aquella extraña sensación era la que los humanos experimentaban al saberse abandonados.
Así fue cómo Gregorio Samsa se despertó una mañana convertido en humano.

Guay!
ResponderEliminarMe encantan esos experimentos y variaciones...
***
Otra vez la envidia... Jejejeje.,
Me lo estoy pasando tan bien este curso... ¡Bendita profesión nuestra!
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