Son tres, gitanos; uno de ellos no tiene más de quince años. Pero resulta difícil identificarlos. Hay que mirar a sus mujeres para adivinar su etnia. Los tres llevan la cabeza rapada ¿Se trata de un juego? No. No lo creo. Sólo un gesto los delata: solamente uno de ellos lleva el carné amarillo en la mano que separa irremediablemente a los pacientes de sus acompañantes. A veces, se confunden unos con otros en esa vorágine que transita por las atestadas salas de espera de oncología.

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