Se había convertido ya en todo un experto. El mejor a todas luces desde que en los 70 comenzara a trabajar con su equipo. En los últimos años, su trabajo consistía en enseñar a otros. Solo en las situaciones más críticas requerían su presencia. Esa mañana había sonado el teléfono más temprano que de costumbre. Entró en la sala con ese gesto frío que le había canjeado más enemigos de los que él quisiera a lo largo de esas cuatro décadas. No tardó ni un minuto en entender la gravedad del asunto. Sobre el alféizar de una ventana a más de diez metros del suelo, estaba encaramada una mujer de una juventud hiriente, pelo rubio, rasgos angulosos y figura definida a golpe de bisturí. De su brazo derecho colgaban dos cables blancos del mismo grosor e idéntica longitud. No se trataba de un nuevo ensayo con explosivos.
Repasó sus conocimientos sobre artefactos y los declaró inservibles de antemano. Supo que tendría que dejarse llevar por su intuición. Él era pura intuición, lo había demostrado años atrás al descubrir la bomba en los bajos de su coche. En esta ocasión, sabía que lo del color blanco era solo apariencia. Tenía suficiente experiencia como para saber que bajo el plástico se escondía un hilo azul y otro rojo. Un cincuenta por ciento de probabilidades, como siempre. Pero esta vez no se trataba de una bomba. Y sin embargo, lo habían llamado a él. Podrían haber llamado a un bombero, o a un médico, pero lo llamaron a él. Añoraba la adrenalina del último segundo. Con mano firme cortó el cable de la izquierda. Hubo suerte, solo eso, suerte. Las manos blancas de la chica cayeron desplomadas como una marioneta separada de su cruceta y quedó suspendida a diez metros sobre el suelo por un finísimo hilo rojo que la mantuvo con vida el tiempo necesario para extender las alas y volar.

Este disparate de relato es el resultado de un sueño. Me acosté con un dolor en el brazo más fuerte que de costumbre. Volví a apoyarlo sobre una almohada tal y como hacía tras la operación. A mitad de la noche me desperté un tanto sobresaltada por el sueño: estaba atada a dos hilos aparentemente iguales; siento como alguien corta uno de ellos ,mis manos se desploman y vuelvo a sentirme libre.
ResponderEliminarUfff, es inquietante!
ResponderEliminarDesde la foto de esa joven ángel en el pretil de la ventana, en blanco y negro, a la semilla del relato, tu sueño.
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Es una suerte que recuerdes tus sueños. Y que luego puedas transformarlos en historias, como este relato, que se lee con la tensión en vilo.
Porque es como si fuéramos los lectores ese artificiero que trata de desactivar la bomba, y vamos leyendo con avidez contenida hasta llegar al final, casi sin respirar, deseando un desenlace sin explosión, feliz.
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Espero que hoy no te duela el brazo.
Un beso. Y que sueñes con angelitos buenos.
Me encantan los sueños,A. Creo que en ellos se esconden muchas claves de nuestra azarosa vida.
ResponderEliminarAhora, al compartirlo y al transformarlo sé lo que significa: vuelo, me alejó ya de la enfermedad y del miedo
Nada es inútil. "Nunca el tiempo es perdido" como decía Manolo García.
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Buenas noches, A. Ya no siento dolor alguno.