MICRORRELATO
"Ser un hombre a plena luz del día"
Kepa Murua
3 pm: en algún lugar se produce la primera detonación. Se siente el sordo rumor. Minutos más tarde, estalla la segunda, esta vez tan cerca que el miedo puede tocarse. Sin más, se suceden, a intervalos de pocos segundos, cientos de ataques incontrolados tras los que se impone un silencio hiriente. Cansado, bosteza, apaga el ordenador y se quita la camisa de un blanco insultante. Se mete en la cama y abraza a su mujer en el único gesto capaz de devolverle el trozo de paz que le han robado. Al amanecer, intenta sacudirse el remordimiento en el agua hirviendo de la ducha, pero al abrir los ojos, un rojo intenso se confunde junto al jabón que huye por el desagüe. Alarmado, se palpa con ansiedad en busca de un foco inexistente. En el pecho, a la altura del corazón, al fin lo ve: un punto de láser rojo cuyo haz recorre hasta la ventana del edificio de enfrente desde donde un rostro familiar le hace el gesto convenido que indica el final de la partida.
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