lunes, 8 de septiembre de 2014

TATUAJES


"(...) Y puede
que justo en ese instante se pregunte por qué,
por qué cantaba mi padre. Y no sepa responderse.
Y ese enigma tan leve lo acompañe
e ilumine alguna parte de su vida"

José Daniel Espejo







Cuando traspasé el umbral de la tienda, se hizo un silencio inusual en aquel público lleno de piercing y tatuajes. Me sentí extraña y torpe en medio de unos adolescentes sobre los que estoy acostumbrada a reinar. Pese a todo, mi profesión me ha proporcionado a lo largo de estos años absoluta inmunidad frente al ridículo, de modo que no me resultó difícil soportar unos minutos de miradas inquisitivas, hasta que se olvidaron de mi. Cuando, al fin, me llegó el turno, busqué entre las fotos de mi móvil para enseñarle lo que quería; mientras tanto, le fui contando que era una imagen muy conocida: del libro de El Principito, pero no insistí en mi explicación al verle la cara de estupefacción. Él no tardó en teclear algo en su ordenador y, sorprendido frente a la imagen, me preguntó si aquello era una serpiente. Me habría gustado decirle que aquello no era una serpiente sino una boa, pero preferí callar y entretenerme recorriendo con la mirada los pocos resquicios de su brazo que aún le quedaban sin tatuar. Pactamos precio y día, pagué una señal y así supe que no podría arrepentirme. 

Desde entonces, he soportado comentarios de todos los tipos: desde mi hija que teme que me arrepienta, hasta la compañera que me advierte que un tatuaje corta no se qué canales energéticos. En respuesta lo único que hago es reírme con mi ocurrencia y con la candidez de mis hijos, que piden permiso para contarlo a sus amigos. Yo les digo divertida que sí, que tienen mi aprobación. Igual que el día que contaron que su madre tenía cáncer y sus amigos les respondieron que los que tienen cáncer se mueren. O cuando le dijeron a la vecina que su madre estaba tan guapa porque llevaba peluca. O esa vez que Belén soltó que no es que no tuviera padre, sino que estaba muerto. Pues eso, que sí que han contado lo del tatuaje y me han obligado a enseñárselo a todos los que hemos ido encontrando a lo largo del día y me han confesado que, en el fondo, les gusta tener una madre diferente. 

Y yo he aprovechado para hablarles de las marcas. De las que llevamos por fuera y de las que escondemos por dentro. Y les he hablado de los símbolos y de lo importante que es reconocerse en ellos. Y también les he hablado del miedo que da lo definitivo, lo que sabemos que es para siempre. Y hemos leído juntos el capítulo de El Principito en el que se explica la diferencia entre la boa abierta y la boa cerrada. Y los he tranquilizado asegurándoles que cuando sea muy viejecita, seguiré mirando complacida mi elefante. Y creo que eso les ha gustado: esa certeza de que tendrán una mamá muy vieja con un elefante tatuado en la muñeca.




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