miércoles, 3 de septiembre de 2014


MICRORRELATO: "VIUDA DE VIVO" * 
( * de un poema de Emilia Conejo)


"(...) Mientras sueña recuerda: lo
primero que se le cae a un esqueleto son sus alas"

Alejandro Céspedes

E. Munch

Llevaba días obsesionado con esa idea. Recordaba vagamente la lista de los pecados capitales que aprendió de niño. Había pasado parte de su infancia torturado por oscuros remordimientos que ardían en una pira imposible de apagar. Quizás ese era el motivo por el que había elegido a una mujer como ella, de una conducta tan irreprochable que no había tenido que confesar en vida ni uno sólo de aquellos pecados: ni la gula, ni la pereza, ni la envidia, ni la avaricia, ni la soberbia, ni siquiera la lujuria habían hecho mella en ella. Pero desde el accidente, empezó a desarrollar un rencor ahogado, que trataba de mantener oculto, esforzándose cada día en aparentar normalidad. Fue fácil durante un tiempo imitarse a sí mismo y reproducir una a una las rutinas cimentadas en tantos años de silenciosa convivencia. 

La primera vez que le rondó esa idea, como siempre sucede cuando nos asaltan las tentaciones por primera vez, apenas se atrevió a ponerle nombre. Su mujer, como tantas veces, después de administrarle la medicación y de comprobar sus constantes con la minuciosidad del inexperto, se había quedado dormida en una silla junto a su cama. Él, como siempre desde entonces, la besaba en la frente, aparentando una gratitud que estaba lejos de sentir y después volvía la vista para no enfrentarse con ese rostro avejentado y triste que le empezaba a resultar tan predecible. Derrotado, la maldijo en silencio con un odio contenido, acumulado en tantos años de matrimonio ejemplar, sin una sola discusión a las espaldas, ni una crisis que sumar a su inmaculado historial. Simulando que dormía, como cada noche, cerró los ojos para que sus cansados párpados sirvieran de contención al odio y detrás de ellos, muy al fondo, pudo adivinar por primera vez los sueños de ella y dibujadas en la negrura, empezaron a desfilar imágenes inconexas en las que apenas si podía reconocerla: más joven, risueña, casi se diría que feliz, junto a un hombre que no era él. Agarró su cuello con una fuerza inesperada que la despertó con la misma angustia que provoca el sonido huérfano del teléfono en la madrugada. Desde entonces, empezó a sentir miedo de sí mismo y del monstruo agazapado que se escondía desde su infancia en lo más secreto de su corazón. 

Esperó al día siguiente y pasó toda la noche sin dormir, torturándose imagen tras imagen con el único pecado que, de haber seguido viva, él habría estado dispuesto a perdonarle: la lujuria. 



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