viernes, 23 de mayo de 2014



"Entraron dentro todos, y la ama con ellos, y hallaron más de cien cuerpos de libros grandes, muy bien encuadernados, y otros pequeños (...) Dijo la sobrina, no hay para qué perdonar a ninguno, porque todos han sido los dañadores; mejor será arrojarlos por las ventanas al patio, y hacer un rimero dellos y pegarles fuego; y si no, llevarlos al corral, y allí se hará la hoguera, y no ofenderá el humo"

El Quijote, cap. VI

La destrucción de libros a lo largo de la historia ha sido un fenómeno frecuente. Desde la quema de libros y el asesinato de académicos en la China de Qin Shi Huang en el año 212 a. C. o la posterior destrucción de los libros de alquimia de la biblioteca de Alejandría. El propio Hitler en 1933 pretendía que los alemanes leyeran sólo su Mein Kampf y mandó incendiar libros de Albert Einstein, Jack London, H. G. Wells, entre otros. Incluso durante la dictadura argentina, la quema de libros representó un verdadero genocidio cultural que se sumó a la desaparición de escritores. Por citar solo algunos ejemplos.

Las razones que hoy siguen argumentando las editoriales son la mayoría de las veces pobres y poco convincentes: han caducado los derechos de autor; sale muy costoso su almacenamiento; no sería rentable donar libros a un cliente potencial como es una bibioteca...  Unos pasan a depósitos, otros a saldos y, finalmente, mueren. Hay empresas especializadas en la destrucción de libros con los que hacen papel para prensa o pasta para papel. 

Afortunadamente, hay libros que por decisión expresa de su autor acaban salvándose de la hoguera. Este que hoy tengo entre mis manos es uno de ellos. Su autora, Ana Cristina Herreros, decidió llevarse todos los ejemplares desahuciados para distribuirlos en pequeñas librerías y así colaborar con distintos proyectos. Creo que merece la pena salvar un libro como este. Merece la pena comprarlo y darle un lugar especial en nuestra biblioteca para contarles a nuestros hijos y a nuestros alumnos estos Cuentos del Mediterráneo: cuentos marroquíes, argelinos, tunecinos, libios, egipcios, palestinos, kurdos, turcos, griegos, albaneses, murcianos... Os dejo con estas palabras tan iluminadoras que abren el libro:

"La maravilla de los cuentos populares reside en que no pertenecen a nadie y a ningún sitio, y por ello son de cualquiera que les ponga voz y del lugar donde se escuchen (...) Surgen de la humana necesidad de contarse, de conjurar miedos ancestrales poniéndoles nombre, de encontrar un lugar donde todo sea posible para que algún día, dentro de no mucho tiempo, lo soñado, lo deseado, sea realidad"



2 comentarios:

  1. ¡Me encantan los cuentos tradicionales!
    ***
    He intentado transmitir la emoción de estos cuentos a mis alumnos. Y siempre hemos leído, contado, reído... con ellos. Fue mi tema de cátedra. Mis trabajos del doctorado y otras pequeñas investigaciones siempre han tenido los cuentos de tradición oral al fondo.
    ***
    Me emociona que tú también lo hagas. No me explico cómo hay profesores de Lengua y Literatura que se mantengan al margen de esta riqueza cultural.

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  2. Este tema merece un largo café. Tengo tantas cosas que aprender de ti. Creo que los profesores enamorados de la docencia, al jubilarse, deberían trasmitir su legado a los que se quedan en las aulas del mismo modo que los chamanes de las sociedades amazónicas transmiten sus conocimientos de generación en generación.

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