Hoy nos resulta difícil entender los signos externos del dolor, pero hubo tiempos en los que este se medía con una serie de ritos y estrictas convenciones. El luto era un primer signo de duelo en el que estaban estipulados hasta los tiempos en función del parentesco con el difunto. Así, cuando una mujer quedaba viuda, no podía contraer matrimonio durante un período que podía oscilar entre los cuatro años como en algunas regiones de España o incluso toda la vida como los pueblos brahamanes de la India. La propia Bernarda Alba, por citar un ejemplo paradigmático de nuestra literatura, impone ocho años de luto riguroso a sus cinco hijas tras la muerte del padre.
Bernarda: Pues busca otro, que te hará falta. En ocho años que dure el luto no ha de entrar en esta casa el viento de la calle. Haceros cuenta que hemos tapiado con ladrillos puertas y ventanas. Así pasó en casa de mi padre y en casa de mi abuelo
Pero junto al luto, el signo externo más elocuente ante la pérdida era el llanto. Surge así la figura de las plañideras ya desde la época egipcia. Su función era manifestar dolor por la pérdida del difunto a través de los gritos, los golpes y los llantos. Cuanto más elevado era el rango del muerto, el número de estas era mayor y la ferocidad de su actuación aumentaba. Usaban unas vasijas de terracota, alabastro o, más frecuentemente, de cristal, en las que guardaban sus lágrimas. Estuvieron presentes en la época griega y romana y reaparecieron en la época victoriana, donde se pusieron muy de moda. Los lacrimatorios, normalmente, estaban provistos de tapones especiales que permitían que las lágrimas se evaporasen y sólo cuando todas habían desaparecido, el período de luto se daba por terminado.
Ya no nos quedan, afortunadamente, convenciones impuestas para expresar el dolor. Pero a fuerza de relegarlo a un ámbito privado estamos perdiendo hasta la capacidad de llorar. Algunos estudiosos hablan de nuestro tiempo como un "tiempo de olvido". Quizá por eso, el llanto es el verdadero antídoto contra el olvido.
Llorar a lagrima viva, como una Magdalena, a cántaros como la lluvia, como los cocodrilos...
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Me ha gustado el poema
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Soy un poco llorona. En el cine, con los libros, con un poema, con un recuerdo. A veces, cuando me pongo, no puedo parar y ya lloro por todo un poco. Por eso ya no voy al cine a ver películas de llorar.
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Federico García Lorca dijo en un poema, o en una conferencia, no recuerdo de dónde sé la frase: "Quiero llorar, porque me da la gana."
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Me gustan los lacrimatorios, el significado. ¡Cuántos hubiéramos llenado!
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Cajitas para guardar las risas. Estaría bien.
A mi antes me encantaba llorar. Yo también lloraba por todo. Después, como yo digo, la vida se puso tan seria que desistí de llorar, convencida de la inutilidad de mis lágrimas para servir de cauce al sufrimiento. Pero las lágrimas me siguen pareciendo redentoras.
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Me gusta tu idea de las cajitas para guardar las risas. Creo que también habríamos llenado unas cuantas.