"Pero ya no era ayer,
Sino mañana.
Y un insolente sol,
Como un ladrón, entró
Por la ventana"
Joaquín Sabina
Cuentan, en una de esas historias que tienen mucho de leyenda, que fr Luis fue denunciado por hacer una traducción a la lengua vulgar del Cantar de los Cantares y que a mitad de una clase y en medio de la explicación, lo detuvieron sin más miramientos. Tras permanecer en prisión cinco años, volvió a la universidad y fue restituido en su cátedra. Dicen, y aquí es donde entra lo novelesco de la historia, que al retomar las clases se dirigió a sus alumnos con dos palabras que, poco importa ya si fueron dichas o no realmente por él,: "Decíamos ayer", y que volvió a su lección donde la había dejado.
También hoy yo me he sentido un poco como fr. Luis. Me ha recorrido la misma emoción contenida que tuvo que experimentar al volver a pisar su aula después de cinco años. Al abrir la puerta, he reconocido algunas caras. A muchos de ellos les estaba dando clase el año en el que salí corriendo sin tiempo apenas para las despedidas y las explicaciones. Allí estábamos de nuevo, pero no era cierto que pudiéramos comenzar con un "decíamos ayer" porque ayer había pasado demasiadas facturas. He intentado disimular mi desconcierto pero todo me ha parecido un enigma indescifrable: desde acertar la llave del aula hasta dar con los listados de los alumnos, sin olvidar que también debía aprender a llevar mis libros y mis carpetas con la mano derecha. Parecía un malabarista caminando sobre una piscina llena de pirañas. Pero quizás sea mi mirada diferente hacia ellos lo que más me ha pesado a lo largo de la mañana. Una mirada de asombro hacia su desconocimiento del idioma, hacia sus dificultades físicas en algunos casos, síquicas en otros. Un no saber muy bien qué hacer con su hipoacusia, ni qué decirle ante su embarazo evidente con solo quince años. Y, sobre todo, me ha perseguido por los pasillos ese continuo preguntarme qué podré yo enseñarles a lo largo de estos meses. Qué finos hilos tenderemos entre ellos y yo para que con solo palabras podamos tejer los sutiles lazos sobre los que debe asentarse cualquier intento de educar.
Confío en que los dioses nos sean propicios.

Te serán propicios y tus alumnos sabrán valorar la suerte que les ha dado el destino de tener una profesora como tú,
ResponderEliminarTe escribo desde la tableta y se pierde lo escrito. Por eso el mensaje es tan corto, tan escueto. Me hace perder la paciencia este chisme tan fantástico, pero tan limitado para la escritura.
ResponderEliminarMe encanta el texto, cómo expresas tus inquietudes ante los alumnos, sus miradas expectantes, ante el tiempo que vais a estar juntos... Los lazos que vais a tejer serán sólidos, dulces, creativos, intensos, cariñosos, literarios, de colores, misteriosos, vitales, ...
ResponderEliminarGracias, A. El segundo día ya perdí ese miedo, ese "horror vacui" de mi llegada. ¿Sabes qué hice? los puse a escribir y una de ellas, la más terrible, la que acababa de montar un número increíble en la clase anterior, contó como de pasada que ese día se cumplían tres años de la muerte de su padre. Casi nadie pareció escucharlo, pero yo entendí de golpe toda la rabia desatada minutos antes y supe que, después de todo, aquello era lo único y lo mejor que yo sabía hacer: enseñar.:
ResponderEliminarLos pelos de punta, como casi siempre que leo tus textos...
ResponderEliminarY es cierto: siempre hay detrás de un comportamiento complicado algo terrible; tratan de explicártelo a su modo y muchas veces los profesores, los padres, no sabemos oírlos.
***
Un beso