MICRORRELATO
"Si enmudece la voz... la memoria es olvido"
Manuel López Azorín
"Si enmudece la voz... la memoria es olvido"
Manuel López Azorín
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| Cajones donde se almacenan fichas de palabras en la RAE |
Tenía un secreto. Solo él lo sabía. Era el dueño de las palabras. Todas las noches, las contaba, las pesaba, las medía. Y al amanecer, las despertaba con suavidad, una a una, llamándolas por su nombre. Luego las vestía primorosamente. Hacía todo lo posible por retardar ese momento que lo dejaba inerme: verlas marchar cada día, y esperarlas durante horas y no descansar hasta oírlas entrar por la puerta, a veces felices, otras, derrotadas, pero siempre vivas. Una vez estuvo a punto de perder a una. Llegó a casa magullada y triste, tan débil que permaneció varios días sin decir esta letra es mía, por si la acusaban de chivata. Aquellas escaramuzas entre palabras eran frecuentes. De no ser por él, en más de una ocasión, alguna de ellas habría causado baja en una de las constantes discusiones domésticas. Esta vez, todo era diferente. Agrupadas en un único bando, olvidaron sus diferencias y dejaron a un lado las ínfulas de grandeza despojándose de las tildes y las diéresis con que algunas se tocaban la cabeza. Incluso las íes estuvieron de acuerdo en tirar a tierra el punto bajo el que siempre se creyeron inmunes a los contratiempos. Estaba en juego su propia supervivencia.
Llevaban siglos protagonizando, cada una en su bando, intrigas palaciegas, aviesas traiciones, amores inconfesables... y siempre se habían sentido libres, hasta que amanecieron en aquella habitación que, pese a la luz y la sobriedad del mobiliario, tenía visos de acabar siendo una cárcel. Por primera vez en tantos años, sus pesadillas empezaban a tener rostro: hordas de palabras procedentes de pueblos extranjeros llegaban dispuestas a arrasar con todo lo que encontraran a su paso sin hacer distinción entre unas categorías y otras. En respuesta, algunas, las de nombre más fiero, se ofrecieron voluntarias para luchar en las primeras filas: el oprobio, la iniquidad, la insidia, la tristeza. Otras como la bondad, la compasión y el candor enarbolaron su nombre convencidas de su labor mesiánica. Pero él no estuvo dispuesto a poner en peligro la vida de una sola de ellas. Prefirió silenciarlas y verlas languidecer lentamente dejando que otros las limpiaran y las intentarán fijar infructuosamente, como palacio en ruinas que recuerda en su digno ocaso el esplendor de otros tiempos mejores.
Llevaban siglos protagonizando, cada una en su bando, intrigas palaciegas, aviesas traiciones, amores inconfesables... y siempre se habían sentido libres, hasta que amanecieron en aquella habitación que, pese a la luz y la sobriedad del mobiliario, tenía visos de acabar siendo una cárcel. Por primera vez en tantos años, sus pesadillas empezaban a tener rostro: hordas de palabras procedentes de pueblos extranjeros llegaban dispuestas a arrasar con todo lo que encontraran a su paso sin hacer distinción entre unas categorías y otras. En respuesta, algunas, las de nombre más fiero, se ofrecieron voluntarias para luchar en las primeras filas: el oprobio, la iniquidad, la insidia, la tristeza. Otras como la bondad, la compasión y el candor enarbolaron su nombre convencidas de su labor mesiánica. Pero él no estuvo dispuesto a poner en peligro la vida de una sola de ellas. Prefirió silenciarlas y verlas languidecer lentamente dejando que otros las limpiaran y las intentarán fijar infructuosamente, como palacio en ruinas que recuerda en su digno ocaso el esplendor de otros tiempos mejores.

Me gusta que cobren vida las palabras (como los juguetes, en los cuentos).
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Y me has recordado un texto de Galdós, "La conjuración de las palabras", que muchas veces utilicé en mis clases, cuando explicábamos morfología... Casi siempre fragmentado. Te lo mando.
http://www.benitoperezgaldos.es/articulo-la-conjuracion-de-las-palabras-de-benito-perez-galdos-1868/
Gracias por el texto. Con él daré la última clase de mi 1 de bachillerato. Hoy les he contado que a principio de mes tendré que dejarlos. Algunos ya me conocían, otros sabían de mi y de mi enfermedad. Han puesto una cara muy rara. Les he explicado que me voy solo a medias, y aun me han mirado con más extrañeza. Al fin han entendido que me he pedido una reducción en la jornada y que para que cuadre el nuevo horario, debo dejar esa clase. Creo que el sentimiento de pena ha sido mutuo. Y es que, en pocos días, uno puede tomarle el pulso a su clase y saber cómo se sentirá allí. También los alumnos son intuitivos y hacen sus propias valoraciones, Confío en poder retomarlo otro año y compensar con un poco de literatura el caos en el que siempre me muevo con alumnos de 13 y 14 años. Me llevo un buen sabor de boca.
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