A Raúl
"Las cicatrices (...) son las señales que quedan después de los combates, de los años, de veintiuna capas de pintura (...)
Todo queda escrito en la piel"
Se reconocieron como dos viejos lobos de mar en tierra firme. Estrecharon sus manos en la complicidad que dan las guerras compartidas. Tan solo eran dos supervivientes: él, con su pierna de menos; ella, con su teta de más. Y aunque la palabra amputación se había vuelto políticamente incorrecta, a ellos no les importó reconocer el dolor que dejan las cicatrices, la memoria que imponen los miembros que se niegan a convertirse en fantasmas forzosos. Porque aquella forma despiadada de doler no era, ella lo sabía bien, sino el grito desesperado de lo que se resiste a no ser para siempre.
Por el dolor o tal vez pese al dolor, había hecho de la dignidad su moneda de cambio. La dignidad del que luce su pérdida como la medalla del que fue a una guerra y, pese a todo, la ganó. Y regresa con honores y vítores contando lo que trajo y olvidando lo que dejó. Porque más se perdió en la guerra les decía siempre a los que escuchaban su historia con admiración. Y aunque con frecuencia, no comprendían que tras aquella guerra perdida de la que hablaba se escondían los rostros de los que no sobrevivieron, todos acababan por saberse uno en el dolor que producen esas otras amputaciones que, aunque invisibles, no se resignan a ser escondidas bajo la ropa y tras la piel.

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ResponderEliminarComo siempre, entro "ansiosa" por leer lo has escrito, la cita (¡qué bien las eliges, no sé si antes o después!), la ilustración (tan acorde, tan adecuada, tan sugerente), y tu texto vibrante y lleno de emociones. Suelo leer el texto dos veces, la segunda ya saboreándolo. Y luego me entran ganas de escribirte muchas cosas, de contarte aquello y esto, de describirte algunas coincidencias o casualidades, de decir lo que he ido sintiendo durante la lectura.
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Los niños tienen salidas y ocurrencias geniales. Lo digo por las de tus hijos, la de mis nietos, las de los hijos /nietos/ sobrinos de amigos y familia... Tengo la hojita donde Miguel escribió mi nombre por primera vez como un tesoro. Blandenguerías de abuela. Jejejeje
Borré el primero porque salió una palabra que creía haber borrado y no se entendía bien lo escrito...
ResponderEliminarY yo me siento siempre tan importante al saber que tú me lees; tan feliz de encontrarme con tus palabras, que son siempre un eco mejorado de las mías.
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Conforme pasan los meses,voy encontrando en el blog placeres aledaños que no esperaba: el placer de descubrir la imagen precisa, y el placer, como no, de dar con el texto exacto para mi estado anímico del momento. Escribo primero, después busco el texto y finalmente la imagen.
Siempre mis libros han estado repletos de subrayados y marcas pero ahora más que nunca. Conforme voy leyendo, marco la página o capturo la pantalla porque sé que algún día ese verso servirá para ilustrar algún texto. A veces, me doy de bruces con palabras que guardo y espero no tener que usar nunca, pero quedan en el cajón, como la munición del soldado que confía no tener que disparar. Esos versos que voy almacenando son mi particular talismán, mi legado, mi pasaporte más seguro hacia mí misma cuando me sé perdida. Mucho más de lo que nunca imaginé.