¡qué sin ti estás, qué solo,
qué lejos, siempre, de ti mismo!
cual mi frente,
tus olas van, como mis pensamientos,
y vienen, van y vienen,
besándose, apartándose,
en un eterno conocerse,
mar, y desconocerse"
Juan Ramón Jiménez, "Soledad"
Nunca le gustaron los barcos. Lo supo el año que consiguió ver cumplido su sueño de vivir frente al mar. ¡Cuántas noches se encogía entre las mantas, sobrecogido por estruendo de las olas, que amenazaban con estrellarse contra su ventana! ¡Qué paz los días en los que se quedaba dormido con el murmullo de un mar que parecía perderse en lo infinito! Se había convertido definitivamente en un contemplativo del mar. Había aprendido de los marineros a amarlo y temerlo con la misma intensidad, aunque él nunca embarcaba, pese a sus generosos ofrecimientos.
Pero de manera imprevista, desde hacía ya varios meses, y en contra de su natural instinto, empezó a aventurarse, cada tres semanas, a subir en una barcaza de dimensiones insospechadas. De manera apresurada, dada la inminencia de la partida, el capitán le entregó un mapa con las distintas escalas que el barco iría realizando y le marcó en cuál de ellas finalizaría su viaje. Apenas quiso hablarle de los pormenores del viaje, pero le entregó un cuaderno de bitácora y le sugirió que no se separara de él: -acabará convirtiéndose en tu mejor aliado- le garantizó.
Empezó a intuir las dificultades a las pocas horas de poner un pie en el barco. El capitán lo había prevenido contra las nauseas, aunque también le había permitido albergar la esperanza de ser uno de los escasos elegidos inmunes a ellas. Pero no hubo tiempo si quiera de que aquella idea acabara convirtiéndose en una esperanza porque la realidad pronto se encargó de acabar ella.
Esta era su tercera jornada. Se sentía orgulloso. La primera fue fácil: la incertidumbre ante lo desconocido lo mantuvo ocupado, anotando en su bitácora hasta el más mínimo cambio. La segunda escala fue la más dura: pasó las tres semanas enfermo, escondido en la bodega del barco donde apenas podía ver la luz del sol. Y ahora, ya se abría paso el segundo día de su tercera escala y por encima de las nauseas y el agotamiento triunfaba su natural optimismo, en el que estaba seguro, debería aplicarse como si su propio destino perteneciese a su esperanza.
Empezó a intuir las dificultades a las pocas horas de poner un pie en el barco. El capitán lo había prevenido contra las nauseas, aunque también le había permitido albergar la esperanza de ser uno de los escasos elegidos inmunes a ellas. Pero no hubo tiempo si quiera de que aquella idea acabara convirtiéndose en una esperanza porque la realidad pronto se encargó de acabar ella.
Esta era su tercera jornada. Se sentía orgulloso. La primera fue fácil: la incertidumbre ante lo desconocido lo mantuvo ocupado, anotando en su bitácora hasta el más mínimo cambio. La segunda escala fue la más dura: pasó las tres semanas enfermo, escondido en la bodega del barco donde apenas podía ver la luz del sol. Y ahora, ya se abría paso el segundo día de su tercera escala y por encima de las nauseas y el agotamiento triunfaba su natural optimismo, en el que estaba seguro, debería aplicarse como si su propio destino perteneciese a su esperanza.

Es sobrecogedor y hermoso leerte. Tu travesía tiene buen timón, no hay lugar para naufragios cuando la primavera está instalada en tu barco. Te admiro.
ResponderEliminarAl final, algunas personas establecen lazos, en ocasiones muy sutiles, por pequeños detalles, insignificantes manías, comentarios que pasan casi inadvertidos....tu eres una de ellas, te supe una experta navegante desde el primer día que te conocí y agradezco cada uno de los recuerdos que los felices veranos nos permiten ir atesorando.
ResponderEliminarConmovida después de leer este relato de viaje.
ResponderEliminarMe gusta que triunfe el "natural optimismo". Y llegará a la última etapa acostumbrado a oleajes y marejadas, en pie junto al palo mayor, desafiante, dominando los secretos de cualquier travesía.
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Este fin de semana tiene un nombre masculino plural y una acción (en imperativo): exámenes > corregir
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Me gusta navegar. El silencio del mar, el viento en las velas, el avance de barco... Llevo años navegando. Y sin embargo, todos los veranos me mareo los primeros días y tengo que empezar a acostumbrarme al equilibrio marinero.
¿Sabes qué, Aurora? llevaba tiempo soñando con la idea de un crucero. Pensaba que este sería un buen verano. Habrá que posponerlo o, mejor, colocarlo en el cajón de los sueños por cumplir. El mío esta cada vez más lleno, creo que es buena señal.
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