Con el mismo cinismo con el que ella me preguntó -pero, ¿este pelo es natural o te has tenido que poner peluca?- yo le asesté en tono confidente -¿peluca?, no, ¿no notas que brillo tiene mi pelo ahora?, mira, toca, ¿has visto que fuerte lo tengo? Es que, y no lo comentes porque aún no lo quieren hacer público, están haciendo un experimento con muy pocas personas en España y yo soy una de las seleccionadas: al tiempo que me inyectan la quimio, me suministran una substancia natural extraída de una planta transgénica cuyos resultados, hasta ahora, son asombrosos.
Y se dio media vuelta, ante su cara de estupor, consciente de que una vez más, le había regalado varias sesiones de tertulia para las aburridas cenas de los sábados en las que, desde hacía tiempo, ella se sabía la protagonista indiscutible.

Jajajaja... ¡ Buenísimo! Recuerdo lo que nos pudimos reir en esos agrios momentos.
ResponderEliminarYa estamos de vuelta.
ResponderEliminarSobre todo, al regreso, me sigue sorprendiendo la luz cálida de este sur nuestro. ¡Qué cielos más grises y apagados en el invierno de Europa!
No me extraña que seamos más optimistas y alegres.
Ha llovido casi todos los días. Y el frío era húmedo e intenso en Bolonia y alrededores (Sabbioneta, Verona, Venecia).
¿Has estado por allí?
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Venecia tenía los charcos de un "agua alta" reciente: todos los mosaicos de la entrada de San Marcos estaban inundados. Y había que entrar subidos a las pasarelas, en fila india. Pero mantiene la belleza que impresionó a Stendhal. Y el paseo que nos dimos en góndola fue fantástico.
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El intercambio ha sido estupendo con algunas sombras aisladas: tres o cuatro alumnos han aprovechado la experiencia como viaje iniciático. Han pretendido sentirse libres de cualquier yugo / norma y hemos tenido que ejercer el desagradable papel de "controladoras" sensatas.
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Tu relato me gusta.
Me alegra que estés de vuelta. Creo que no soy la única que se alegra: mucha gente me pregunta quién es AGB; tus palabras forman parte de esta travesía.
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Venecia: guardo recuerdos contradictorios de aquella ciudad. Viajar conmigo es muy sencillo porque no tengo ideas preconcebidas de los sitios que visito, en mi mente no hay archivadas imágenes, ni siquiera de las ciudades más famosas. Eso me permite tener una actitud muy poco contaminada de falsas expectativas y clichés establecidos. Así había sido, salvo con Venecia.
Cuando entré en Venecia y mi vista solo alcanzó a distinguir una marea de turistas de todas las razas y colores, especialmente asiáticos, me quedé desconcertada, y un tanto decepcionada. Por fortuna, tuve tiempo suficiente para perderme entre sus sinuosas calles y descubrir rincones no transitados por turistas. No olvidaré una cena improvisada a base de pizza y vino comprados en un puestecito callejero. Sentados en aquella escalinata y frente a aquel canal, nos sentimos dueños del mundo.
Recuerdo a tu amigo Pepe Perona que en su "Manual de descreencias" decía algo así como que a Venecia había que ir de joven, después uno ya solo notaba la humedad. Qué nostalgia por un momento de escuchar o leer sus palabras...
¿Sabes que de vez en cuando veo a Pepe Perona? El corazón me da un vuelco... La última vez, en la barra de un bar de Madrid, cerca del Thyssen. Lo he visto en Hamburgo, en Como, en Lorca, en un vagón del tranvía. Y echo de menos las largas conversaciones que manteníamos por teléfono. Y las risas.
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Había mucha gente en Venecia. Pero más aún en la casa de Julieta, en Verona. Impresionaba la multitud, apelotonada, mirando al balcón y tratando de cerrar un candado rosa en las verjas de una ventana y en las ramas de unos árboles secos. La mayoría, japoneses. ¡Muchos japoneses!