Le pasaba siempre. Al llegar a casa abría con premura la bolsa en la que el bibliotecario había introducido cuidadosamente cada uno de los ejemplares del préstamo. El ritual era siempre el mismo: un pasar rápido de páginas tras la búsqueda de alguna señal. Unas veces eran páginas dobladas en el margen superior derecho, a veces, las menos, en el inferior. Otras, era un subrayado delator, a veces con lápiz, sus preferidos. Alguna feliz ocasión trajo una marca de carmín o un resto de perfume. Seguía el rastro que dejaba el otro o las otras que antes que él habían transitado por el libro. A veces, no coincidían sus gustos y la marca acababa por convertirse en un estorbo. Pero otras, se reconocía amorosamente en ellas y fabulaba con la imagen de mujer que, seguro, se escondía tras esa letra menuda al margen de los poemas.
Esa noche, al abrir la bolsa, encontró, seguramente a causa de un error del bibliotecario, aquel libro al que no había vuelto en quince años. Allí estaba el pobre ejemplar de entonces, que seguía conservando la firma del autor, un poco más descolorida y emborronada, eso sí; con sus páginas ya amarillas, el lomo casi deshecho y los bordes ondulados por la humedad. Pero de forma milagrosa casi, había sobrevivido al paso del tiempo. Lo abrió de nuevo, con la misma emoción de entonces y empezó a leer. No pudo pasar de la segunda página: frente a sus ojos, marcado quizá por él mismo, ese párrafo que, ahora lo sabía, como una terrible premonición, había esperado quince largos años para encontrarse con su destino.
Esa noche, al abrir la bolsa, encontró, seguramente a causa de un error del bibliotecario, aquel libro al que no había vuelto en quince años. Allí estaba el pobre ejemplar de entonces, que seguía conservando la firma del autor, un poco más descolorida y emborronada, eso sí; con sus páginas ya amarillas, el lomo casi deshecho y los bordes ondulados por la humedad. Pero de forma milagrosa casi, había sobrevivido al paso del tiempo. Lo abrió de nuevo, con la misma emoción de entonces y empezó a leer. No pudo pasar de la segunda página: frente a sus ojos, marcado quizá por él mismo, ese párrafo que, ahora lo sabía, como una terrible premonición, había esperado quince largos años para encontrarse con su destino.

Leí en un periódico algo curioso. No sé si lo comentamos la última vez que nos vimos.
ResponderEliminarHabían hecho un estudio micro-biológico en una biblioteca pública holandesa de algunos libros prestados. En concreto, del libro "50 sombras de Grey", que había alcanzado un récord en salidas y entradas. Y entre sus páginas se encontraron fluidos y sólidos de todo tipo relacionados con el amor, de cientos de personas. Muchos lectores lo habían leído activamente...
***
Desde entonces, no pongo las manos en las barandillas de las escaleras mecánicas de El Corte Inglés.
Es divertidísima la ocurrencia de los holandeses. Me da a mí, que aquí en nuestra tierra, los estudios iban a encontrar muchos restos de cerveza y de ensaladilla en los libros. Pero yo, ante la duda, voy a hacer lo que tú y tocar las barandillas de las escaleras mecánicas, ni loca.
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