sábado, 31 de mayo de 2014

MICRORRELATO




Hacía ya diez años desde que recibiera aquel joyero de madera de palo de rosa que contenía tres piezas únicas: un camafeo de ónice que perteneciera a su abuela, la alianza de oro de su madre y un lacrimatorio de cristal tallado exclusivamente para ella. Todas las mujeres de su familia, al nacer, recibían uno donde verter sus lágrimas futuras. Su madre, sin embargo, se negó a entregárselo y lo guardó en el joyero de madera con incrustaciones de nácar para intentar burlar el sufrimiento. El dolor supo respetarla hasta la noche en la que comprendió de golpe lo que significaba llorar una muerte. Se había despertado de madrugada con aquellas extrañas voces del pasillo. Pasos desconocidos deambulaban nerviosos por la casa. Ella era demasiado pequeña y estaba demasiado asustada para poder llorar. Guardó silencio y cerró los ojos por si la muerte venía a por ella. Ésta se paró frente a la puerta de su habitación durante unos segundos pero pasó de largo. A la mañana siguiente, su padre la despertó y le entregó aquel joyero que constituía toda la herencia de su madre. Cogió el lacrimatorio entre sus manos y por primera vez lloró con el llanto largo de la desesperación. Pasó días enteros llorando y llenó el lacrimatorio. Habían transcurrido ya diez años desde entonces y todas las lágrimas, salvo una, se habían evaporado. Se puso el camafeo de la abuela y guardó la alianza de boda de su madre que estaba a punto de hacer suya. Giró la llave del joyero y supo que, al fin, su luto había terminado. 


2 comentarios:

  1. Tiene toda la poesía del realismo mágico.
    Ahora mismo, tengo la piel de gallina.
    ***
    Me ha encantado.

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  2. Hay días en los que juego a seguirle el rastro a algunas palabras. Tú sabes, empiezas por recordar su significado y después vas un poco más allá y, a veces, acabas encontrando hermosas historias. Eso me pasó el otro día con la palabra lacrimatorio. Estaba leyendo unos poemas de Caballero Bonald y, de pronto, me llamó la atención esta palabra. Cuando descubrí la historia de los lacrimatorios, se me encogió el alma. Encontré tanta poesía en esas mujeres que sabían que su duelo había concluido al evaporarse la última lágrima que me decidí a convertirlo en historia.

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