"¡Cómo brillan al sol los hijos no nacidos!
Blanco es el mes de enero, negras las olas que visitan la isla.
No habrá que enseñarles ni a nacer ni a morir.
El mundo será esa claridad que nos pierde, los abismos de sal,
la fronda de oscuras esperanzas, el vuelo del solitario corredor que se alcanza a sí mismo.
Un círculo en el aire para atrapar algo de lo perdido.
El sueño de ayer, la imagen que se escapa entre dos aguas,
que se multiplica y transforma hasta no ser sino el agua misma,
el brillo deslumbrante, instantáneo, de los propios deseos.
Mirada perdida en sí misma que se devuelve y recorre
como un desierto familiar
Siempre al centro. Encrucijada o astro, efímera explosión
de plumas, corazón sin reposo alentando todos los vientos.
¡Cómo brillan al sol los hijos no nacidos!
¿Qué clase de sueño traerán? Primera estrella destruida,
primer dolor, primer grito.
Golpe contra todo, contra sí mismo"
Blanca Varela, "Antes del día"
Quizá con el tiempo recuerdes la risa de estos días, los largos paseos al sol y los cuidados constantes de tu compañero como el auténtico conjuro contra la mala suerte. Pero lo único real hoy es que como uno de esos días que presagian tormentas que no acaban de romper, te despertaste de madrugada, alertada por oscuros presagios que solo se acallaron al amanecer. A la tarde, incapaz de eludir la tormenta, comenzó a llover una lluvia intensa, densa, roja, tras la que te fuiste dejando ir lenta y dolorosamente.
Han pasado ya muchos años, pero aún recuerdo ese oscuro y secreto momento en que también yo aprendí por primera vez a calibrar el auténtico peso de la soledad y comprendí realmente la hondura del saberme mujer. Me acostumbré con dificultad a sobrellevar la tristeza, una tristeza que pronto se trasformó en culpa y en la que también tuve que aprender a reconocerme.
Pero este fue un duelo con fecha de caducidad y la llegada del segundo hijo marcó el fin oficial de la pena, desahuciada por el torrente de felicidad con la que nos inundó una vez más la vida. Y dejé de hablar de mi pérdida, convencida de que ni siquiera su padre podría entender esa obstinación en recordar. Y solo años después, cuando pude compartir las pérdidas de otras mujeres, entendí que cada una de ellas, igual que yo, albergaba para siempre en su recuerdo la memoria del hijo muerto.
Pero aunque hoy no lo creas, estoy convencida de que una mañana despertarás con la certeza de que has adquirido la sabiduría ancestral de miles de mujeres que mucho antes incluso de que nosotras existiéramos supieron:
"Hacer la luz aunque
cueste la noche, aunque sea la muerte el cielo que abre y el océano nada más que un abismo creado a ciegas"

Sigo agazapada, escondida por aquí detrás, leyendo bajito tus textos.
ResponderEliminarAlguna vez pienso en decir algo, pero sigo callada para no romper la magia.
***
No sé si conoces a Patricia Esteban Erles. Una escritora, profe de Lengua; interesante.
Es de Zaragoza. La "sigo" en Facebook...
ResponderEliminarGracias, A. Hoy le he pedido a Patricia a través de Facebook si quería ser mi amiga, Yo siempre pienso que esto de solicitarle la amistad a otro había que hacerlo cara a cara y tras un breve tiempo de conocimiento. Pero, ironías de la vida, me ha dicho que sí, y yo estoy realmente contenta de haber ganado una amiga escritora con tan poco esfuerzo, ja,ja
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