"Ya no tengo virtudes públicas.
No me quedan vicios privados"
Ángeles Mora
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| Picasso, Las señoritas de Avignon |
El cambio de estación traía consigo una callada rebelión en toda la casa como señal ineludible de la llegada del buen tiempo. Abría las ventanas, ya sin miedo a los ladrones, y se afanaba en mil tareas inservibles: revolver el color de los vestidos, sacudir el polvo del invierno con sus sueños anegados y borrar con despecho algún poema de los que nunca debió escribir. Y así, preparaba el momento definitivo en el que, lentamente, con premeditación y alevosía, se iba deshaciendo de sus fobias atrasadas.
Cada año se repetía el espectáculo: aparecían siempre en hilera, aseadas y pulcras, por si acaso se libraban del sacrificio, cuchicheando mil rumores maliciosos sobre la dueña. Un año más, cedían su espacio con desgana a las nuevas filias de la temporada, que llegan con sus falsas promesas y sus aires se grandeza. Y se entregaban a esa mano que con parsimonia y sin remordimiento, las iba lanzando una a una por la ventana trasera, alentada por el chirrido metálico de la caída. Pero sus fobias no se asustaban demasiado, sabían que como los champiñones tras la lluvia, volverían a crecer el próximo invierno, obstinadas en perpetuar ese eterno juego cuyas reglas ni ella misma descifraba.
Cada año se repetía el espectáculo: aparecían siempre en hilera, aseadas y pulcras, por si acaso se libraban del sacrificio, cuchicheando mil rumores maliciosos sobre la dueña. Un año más, cedían su espacio con desgana a las nuevas filias de la temporada, que llegan con sus falsas promesas y sus aires se grandeza. Y se entregaban a esa mano que con parsimonia y sin remordimiento, las iba lanzando una a una por la ventana trasera, alentada por el chirrido metálico de la caída. Pero sus fobias no se asustaban demasiado, sabían que como los champiñones tras la lluvia, volverían a crecer el próximo invierno, obstinadas en perpetuar ese eterno juego cuyas reglas ni ella misma descifraba.

Mira que es tarea pesada hacer el cambio de ropa en los armarios.
ResponderEliminarY volver a colgar la camisa de décadas, que no te pones desde entonces, hasta que vuelvan los fríos. Y que seguramente no te pondrás tampoco este verano.
Comprobar que no caben los jerseys en las cajas que están en los altillos. Y revivir historias al ver una camiseta de la que no te acordabas.
(¡Quién tuviera armarios, muchos armarios, para cada momento del año!).
Fobias y filias, jejejeje. Me acuerdo ahora, al leerte, de Marvin Harris y de su libro "Vacas, cerdos, guerras y brujas" que me divirtió y me enseñó mucho.
ResponderEliminarSiempre he encontrado cierto placer secreto en esa tarea de ordenar los armarios por todas las sorpresas que uno se lleva: esa historia que revives con aquella camiseta de la que no te acordabas -como bien cuentas-, ese papel que sobrevivió a la lavadora, el billete que aparece entre los abrigos... es fascinante la imagen de nosotros mismos que nos devuelve la ropa de otras estaciones.
ResponderEliminar***
¡Qué buena propuesta de lectura! El título ya promete.