"Bajo la niebla del quirófano extrañas aves de colores anidan"
Pere Gimferrer
Solo cuando el piloto del salpicadero se encendió con una luz roja intermitente, se rindió ante la evidencia de que algo no funcionaba bien. Había encontrado hasta ese momento mil justificaciones para evadirse de las obligaciones cotidianas. Yo no estoy hecha para esto -se repetía en un monótono sonsonete. Primero fue el grifo con su goteo constante, luego vino lo del coche, después esa sensación de cansancio que no cejaba. La realidad siempre quedaba al otro lado del complejo juego de espejos que encandilan con su falso brillo de oropeles. Y allí se refugiaba siempre, hasta que saltaban las alarmas y ya no quedaba más remedio que correr y maldecir su suerte.
Pero esta vez no estaba dispuesta a salir corriendo. Bastante había corrido ya. Aunque siempre a destiempo, a qué negarlo. Subió el volumen del flamante equipo y empezó muy delicadamente a apretar el pie del acelerador, a ver quién ganaba la partida: esa estúpida luz roja o ella. Se agarró fuerte al volante y, por un momento, el vértigo le hizo cerrar los ojos. Fue tan sutil como un parpadeo pero bastó ese microsegundo para despertar aturdida y conmocionada. Lo último que recordaba era la luz roja del salpicadero.
El rojo anegaba el espacio hasta donde alcanzaba su vista, un rojo intenso, brillante. Empezó a explorarse con urgencia en busca de la herida por la que manaba ese líquido viscoso que imaginó que era sangre. Se restregó los ojos pero no vio nada más que una pantalla roja y se sintió como un pez atrapado en una pecera maldita. Probó a respirar y notó que sus pulmones no se accionaban a la orden de su cerebro. Nada, solo uno silencio ensordecedor. Ni siquiera pudo agarrarse al miedo, que habría sido, al menos, una sensación conocida. Estoy muerta -convino al fin. Horas después de la operación, nadie consiguió convencerla de lo contrario.
Desde entonces se convirtió en un muerta viva o en una viva muerta, según el humor con el que se levantara. Y los pocos días en los que amanecía locuaz, solo acertaba a repetir la intensidad del color que flotaba tras sus párpados cada vez que al aproximarse al sueño, la luz roja del salpicadero se volvía a accionar.

Esta mañana, al ir a coger el coche, veo que se enciende el testigo rojo del aceite en el salpicadero. A partir de ese momento he entrado en estado de pánico: me encanta conducir, solo eso. Mil llamadas: a la grúa, al servicio técnico, a la casa para solicitar el vehículo de cortesía... pero nada, no hay cortesía que valga. Así que la luz roja del salpicadero me ha perseguido todo el día. En fin, la vida real. Y como resultado, esto. Es la gran ventaja de la ficción: te puedes vengar de las luces rojas
ResponderEliminar¡Vaya venganza inquietante!
ResponderEliminarEs más que roja; y muy intensa.
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El relato sobrecoge.
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Supongo que ya vuelves a tener tu coche con el aceite en su punto. También a mí me encanta conducir. Y disfruto haciéndolo.
Hoy, por fin, he recuperado mi coche. No ha sido nada. Cuánto me he alegrado, con lo que me gusta conducir. Pero es que me llevo muy mal con esta y algunas otras parcelas de la realidad. Me he hecho el firme propósito de mejorar, pero intuyo que lo olvidaré hasta la próxima señal de alarma.
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