"Escribir una carta implica dibujar las coordenadas personales -temporales, espaciales, emocionales, intelectuales- para decir a alguien en donde estamos en un momento determinado y hasta donde hemos viajado desde el último escrito. Los puntos de referencia de este mapa pertenecen tan solo al mundo compartido por quien escribe y quien recibe la carta"
Janet Gurkin Altman, Epistolarity
Cada mañana, la primera tarea que abordo, con gran entusiasmo, por cierto, es la de responder a cada uno de los correos que recibo. Sustituir el teléfono por el correo ha sido una suerte en la que cada día me voy recreando más. Creo que el correo está siendo una forma deliciosa de darle hondura a las relaciones; la oportunidad definitiva de pararnos y escribir algo que, necesariamente, acaba comprometiéndonos a nosotros mismos.
En los últimos correos, decidir el asunto del mismo ha dejado de ser un problema, porque invariablemente escribo en este campo las palabras: "Desde el exilio". Esta sensación se corrobora a diario, especialmente desde que la semana pasada no pude estar con mis hijos porque Belén tuvo con una fiebre muy alta y me vi obligada a recurrir al ingenio de abrirle una cuenta de correo para comunicarnos. En realidad, ella es, aún sin saberlo, la que inició este ir y venir de correos. Cuando aún no habíamos hablado todavía de la enfermedad con su nombre y sus consecuencias, ella intuía que algo no iba bien y dejó en mi cama una carta que no vi hasta la mañana siguiente, ya cuando estaban en el cole.
En este sentido, me siento un poco como nuestros poetas del exilio, que tuvieron que recurrir al género epistolar para sobrevivir a la ausencia de los amigos. El propio Salinas, como muy bien cuenta Enric Bou en su interesante estudio "Defensa de la voz epistolar. Variedad y registro en las cartas de Pedro Salinas"
"se dedicó con pasión ejemplar a registrar para sí y para muchos de sus semejantes (...) facetas del vivir y de su vivir (...) Y ello ocurrió con una extraordinaria prolijidad en especial durante los quince años que vivió fuera de España, desde poco después del comienzo de la guerra civil hasta su muerte. Precisamente, su escritura epistolar se volvió más activa cuando el entorno (...) resultaba más provocador. Sus frecuentes epístolas del período vivido en América (...) reflejan una dedicación al cultivo del género de manera casi exclusiva e incluso obsesiva, como si se tratara de una vía de escape de una realidad (...) en la que (...) le falta (...) el asalto constante de la vida de la calle"
Monteagudo. 1998. Num 3
De modo que, desde aquí, quiero agradecer todos los correos que recibo, ya que constituyen un puente hacia la realidad, la oportunidad más preciada de mostrar nuestro rostro más real.


No te lo había dicho antes, pero sí lo comenté con Carlos:¡cómo escribe tu hija! (De tal palo...)
ResponderEliminarEse "Anónimo" del final es absolutamente encantador y tierno.
A mí me encanta como escribes tú. Cómo eres capaz de decir tantas cosas, desde dentro, y tan bien. Es un don. Tienes el don de la escritura.
Gracias, Aurora, viniendo de ti el comentario, me siento halagada y conmovida. Sabes de mi admiración hacia ti.
ResponderEliminarCreo que la literatura en general tiene un poder terapéutico, yo lo he experimentado así en los momentos difíciles. Belén, que también a su corta edad se ha enfrentado a monstruos descomunales, encontró en la lectura un refugio para esconderse del mundo y en la escritura una herramienta para interpretarlo. Juntas hemos empezado a escribir un cuento para intentar explicar cómo ve el cáncer una niña de su edad. Así vencemos juntas el miedo.