sábado, 23 de febrero de 2013

LIBRO DE VIAJE: FINAL DE LA SEGUNDA JORNADA



"Dos horas antes de la puesta de sol: baja el calor y el frío no ha llegado y hombres y animales regresan lentamente al campamento y sus perfiles se recortan en un cielo rosa, azul, rojo, amarillo y verde... Es un momento mágico. Entramos todos en la tienda y hervimos té. Sentados en silencio escuchamos el hervor. La calma nos invade a todos"

Fragmento de la entrevista a Moussa Ag Asarid (http://webalia.com/ustedes-tiene-los-relojes-nosotros-tenemos-el-tiempo)



Estaba a pocos kilómetros de la salida. Y aunque era de noche, unas luces lejanas me hacían intuir el oasis. Sé que me esperaban. Sería agradable volver a compartir la comida, ver sus rostros, escuchar sus historias junto al fuego. Pero, quizá no fue más que un espejismo ocasionado por la fiebre que había ido apoderándose de mí a lo largo del día. Tuve que parar, mi cuerpo ya no me respondía. Como pude, me refugié del frío del desierto, pero empezaba a estar demasiado débil. Cerré los ojos y recé, confiando en llegar con vida a la mañana siguiente. Sobrevivir un día más en el desierto, ese había sido mi propósito desde que pisé aquella inhóspita tierra.

Amanecí en un lugar desconocido. Estaba sola en una tienda sin ninguna compañía humana. A mi alrededor solo se escuchaba silencio. Me sentía tan débil que apenas si pude experimentar el miedo que desata la prudencia ante una geografía extraña. Me dejé llevar. Sentí la sutileza y el olor de sus manos al aplicarme atávicos remedios medicinales. Supe después quiénes eran: los hombres azules, los tuareg, los señores del desierto. Para ellos todo es profundo. Pasé días con ellos dejándome cuidar, aprendiendo de su confianza en su raza y su destino.

3 comentarios:

  1. Me apasiona el mundo de los tuaregs. Me aproximé a ellos por primera vez cuando leí con mis alumnos el bello libro de Enrique Páez titulado "Abdel".

    Me gustaría reproducir toda la entrevista de la Vanguardia que cito al inicio, pero es muy extensa. El protagonista es Moussa Ag Assarid, el mayor de trece hermanos de una familia nómada de tuaregs. Nació al norte de Mali hacia 1975 y en 1999 se trasladó a Francia para estudiar. Es autor de "En el desierto no hay atascos", donde describe su fascinación y perplejidad ante el mundo occidental (...)

    -Nací en un campamento nómada tuareg entre Tombuctú y Gao, al norte de Mali. He sido pastor de los camellos, cabras, corderos y vacas de mi padre. Hoy estudio Gestión en la Universidad Montpellier. Estoy soltero. Defiendo a los pastores tuareg. Soy musulmán, sin fanatismo

    - ¡Qué turbante tan hermoso...!

    - Es una fina tela de algodón: permite tapar la cara en el desierto cuando se levanta arena, y a la vez seguir viendo y respirando a través de ella. (...)

    - ¿Quiénes son los tuareg?

    - Tuareg significa "abandonados" , porque somos un viejo pueblo nómada del desierto, solitario, orgulloso: "Señores del Desierto", nos llaman. Nuestra etnia es la amazigh (bereber), y nuestro alfabeto, el tifinagh.

    - ¿Cuántos son?

    - Unos tres millones, y la mayoría todavía nómadas. Pero la población decrece... "¡Hace falta que un pueblo desaparezca para que sepamos que existía!", denunciaba una vez un sabio: yo lucho por preservar este pueblo.

    - ¿Qué recuerdos de su niñez en el desierto conserva con mayor nitidez?

    - Me despierto con el sol. Ahí están las cabras de mi padre. Ellas nos dan leche y carne, nosotros las llevamos a donde hay agua y hierba... Así hizo mi bisabuelo, y mi abuelo, y mi padre... Y yo. ¡No había otra cosa en el mundo más que eso, y yo era muy feliz en él!
    (...)

    - Entonces este mundo y aquél son muy diferentes, ¿no?

    - Allí, cada pequeña cosa proporciona felicidad. Cada roce es valioso. ¡Sentimos una enorme alegría por el simple hecho de tocarnos, de estar juntos! Allí nadie sueña con llegar a ser, ¡porque cada uno ya es! (..)

    - Sí. A principios de los 90 hubo una gran sequía, murieron los animales, caímos enfermos... Yo tendría unos doce años, y mi madre murió... ¡Ella lo era todo para mí! Me contaba historias y me enseñó a contarlas bien. Me enseñó a ser yo mismo.

    - ¿Qué pasó con su familia?

    - Convencí a mi padre de que me dejase ir a la escuela. Casi cada día yo caminaba quince kilómetros. Hasta que el maestro me dejó una cama para dormir, y una señora me daba de comer al pasar ante su casa... Entendí: mi madre estaba ayudándome...

    - ¿De dónde salió esa pasión por la escuela?

    - De que un par de años antes había pasado por el campamento el rally París-Dakar, y a una periodista se le cayó un libro de la mochila. Lo recogí y se lo di. Me lo regaló y me habló de aquel libro: El Principito. Y yo me prometí que un día sería capaz de leerlo...

    - Y lo logró.

    - Sí. Y así fue como logré una beca para estudiar en Francia.

    - ¡Un tuareg en la universidad. ..! (...) ¿Qué es lo que peor le parece de aquí?

    - Tenéis de todo, pero no os basta. Os quejáis. ¡En Francia se pasan la vida quejándose! Os encadenáis de por vida a un banco, y hay ansia de poseer, frenesí, prisa... En el desierto no hay atascos, ¿y sabe por qué? ¡Porque allí nadie quiere adelantar a nadie!

    - Reláteme un momento de felicidad intensa en su lejano desierto.

    - Es cada día, dos horas antes de la puesta del sol: baja el calor, y el frío no ha llegado, y hombres y animales regresan lentamente al campamento y sus perfiles se recortan en un cielo rosa, azul, rojo, amarillo, verde... (...)

    - Qué paz...

    - Aquí tenéis reloj, allí tenemos tiempo.

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  2. ¡Es preciosa la entrevista!
    ¡Cuánta razón tiene al decir que aquí no nos basta con todo lo que tenemos y que nos pasamos la vida quejándonos! No miramos hacia otros lados. Solo nuestros ombligos.
    Y sí, muchos relojes y muy poco tiempo.
    ***
    Me gusta cómo cuentas este viaje por la geografía extraña del hospital. Los "atávicos remedios medicinales" harán sus efectos y pronto podrás seguir tu travesía con la fuerza y la resistencia de los hombres azules. Ya compartes sus momentos de intensa felicidad.

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  3. La realidad, la mayoría de las veces es tan anodina que sería tedioso relatarla. Otras veces es tan triste o tan extraordinaria que daría mucho pudor contarla. Por eso, tú lo sabes bien querida Aurora, las literatura nos permite poner en boca de otros historias que nunca habríamos contado. Crear nos permite ser todo lo mordaces, lo irónicos, lo ñoños o lo absurdos que no nos atreveríamos a ser en la vida real. Y así las metáforas convierten los hospitales en desiertos, los médicos en tuaregs, los tumores en elefantes... Y, sin apenas darnos cuenta, nuestra propia vida se convierte materia de ficción y los dolores lastiman menos y la felicidad complace más.

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