"Quizá el azar se burle
de mi absurda creencia en el destino"
Escuchó aquella voz que pronunció su nombre por megafonía y no pudo ocultar su temor: aquella era la misma voz del inspector médico de la última vez. Se contempló a sí misma ataviada otra vez como si fuera al gimnasio y pensó en quién la había convencido de que a una inspección había que ir con aquel aspecto tan lamentable. Sintió deseos de salir corriendo pasando por encima de aquella chica que, a la espera también del veredicto de un médico, no tenía el menor reparo en lucir su minifalda y que llevaba maquillaje suficiente como para presentarse candidata a reina del carnaval.
Entró con paso tembloroso hasta dar con su puerta. Tardó pocos segundos en reconocer aquel rostro: era tal y como lo recordaba. Pero esta vez, le plantó una radiante sonrisa a modo de saludo. No se dejó llevar por la aparente buena voluntad del gesto. Se produjo de nuevo un breve silencio mientras leía el expediente y, tras un breve titubeo, le preguntó cuánto hacía desde la última inspección. Contrariado, comprobó que el mes anterior él mismo la había entrevistado en aquel despacho. Aburrido, sentenció que esa nueva inspección no procedía y que su informe, por supuesto, sería favorable.
Era su quinta inspección médica, estaba cansada, pero sorprendida, suspiró ante su buena suerte. Había conseguido burlar su mala estrella. Esta vez, ni siquiera necesitó presentar el informe que el simpático sustituto de su oncóloga le había redactado con tanto esmero. Quizá fuera cierto lo de la magia de las palabras. Pensó en sus secretas maldiciones de la última vez imaginando al pobre inspector rodeado de frenéticos adolescentes. Recordó una larga lista de palabras mágicas y pensó en las suyas, en la carta que le había escrito y que llevaba toda una semana ensayando para pronunciar cuando estuviese frente a él. Se asustó al comprobar que quizá fuera cierto que las palabras, a veces, actúan como un sortilegio con sólo pronunciarlas, con sólo escribirlas, con sólo pensarlas.
Le tendió la mano a modo de despedida, dedicándole su mejor sonrisa y justo cuando estaba a punto de cerrar la puerta, el doctor se levantó para recoger un pequeño muñeco que se le había caído del bolso y que guardaba un sorprendente parecido con él mismo.
Solo entonces supo que aquello que le decía a sus alumnos, que la literatura servía para mentir con estilo era su única verdad.
Le tendió la mano a modo de despedida, dedicándole su mejor sonrisa y justo cuando estaba a punto de cerrar la puerta, el doctor se levantó para recoger un pequeño muñeco que se le había caído del bolso y que guardaba un sorprendente parecido con él mismo.
Solo entonces supo que aquello que le decía a sus alumnos, que la literatura servía para mentir con estilo era su única verdad.

Jejejeje!
ResponderEliminar¿Funcionó el vudú o fueron las palabras?
La mezcla resultó eficaz. Jjejejejeje
Mira que sí al final resulta que tengo poderes,ja,ja
Eliminar